Cascos, tras los pasos de Fernando VII

Por Juan Vega

Francisco Álvarez-Cascos tiene no pocas características fisionómicas que apuntan a las imágenes que nos quedan del bien retratado Fernando VII, el rey que concitó más ilusiones entre los desesperados de la bárbara España de los inicios del siglo XIX. El monarca, famoso por su atroz genitalidad, fue el Borbón más anhelado y el que más defraudó a los españoles -que ya es decir-, hartos de sus continuos engaños y traiciones, siempre al servicio de su particular interés; ni un momento de grandeza en una vida marcada por el culto descarnado a los siete pecados capitales.

Quien terminaría por ser el rey más despreciado de nuestra historia, comenzó como el más querido, cuando era conocido como “el deseado”, para transformarse después en el “rey felón”, y terminar como “Tigrekán”, nombre que los liberales pusieron a tan catastrófico quidam, que traicionó y vendió a sus padres, se arrojó a los pies de Napoleón, volvió de Francia anhelado por las multitudes y murió odiado por todos, tras destruir y envilecer cuanto encontró a su paso.

Quien fuera Fernando VII, lo contó como nadie Benito Pérez Galdós en el capítulo 41 de “La Fontana de Oro”:

Fernando VII nos dejó una herencia peor que él mismo, si es posible: nos dejó á su hermano y á su hija, que encendieron espantosa guerra. Aquel rey que había engañado á su padre, á sus maestros, á sus amigos, á sus ministros, á sus partidarios, á sus enemigos, á sus cuatro esposas, á sus hermanos, á su pueblo, á sus aliados, á todo el mundo, engañó también á la misma muerte, que creyó hacernos felices librándonos de semejante diablo.

¿Hay algún parecido, más allá de asombrosas coincidencias en la apariencia física, entre el peor de los borbones y este otro gran felón que llegó, oportunista como nadie, de Madrid, en medio de la demanda de las multitudes, que clamaban desesperadas por gobernantes que acabasen con el deleznable contubernio montado por Vicente Álvarez Areces y Gabino de Lorenzo? La pirueta que acaba de hacer para quitarse de encima a Enrique Álvarez Sostres, el único que le plantaba cara todavía, desde una posición sólida como diputado -rodeado como está de serviles empleados/as que dependen de su munificencia para comer un día más-, justificaría por si misma un episodio del hispánico Torrente.

El número de engañados y traicionados por Cascos en Asturias es ya aterrador, y hay pocos ciudadanos de esta tierra que no se hagan cruces cuando recuerdan cómo huyó de sus responsabilidades de gobierno, pretextando un cabreo, porque no le aprobaron los presupuestos, para irse a casa a vivir de las rentas de un partido que entre los fondos de la Junta y de los ayuntamientos, le pagó todo lo relacionado con su vida personal, conductores privados incluidos, farturas sin tasa, así como los supersueldos adicionales a los que ya se había acostumbrado en el PP de Luis Bárcenas.

“¿Por qué dejó Cascos el Gobierno?”, se siguen preguntando no pocos en la inocente ciudadanía asturiana, como si la explicación no fuese la más sencilla, ahora que el más asombroso de nuestros traidores recientes, después de tanto hablar de duernos y ppsoes, prepara su última singladura hacia un PP destrozado por las trapisondas de sus tesoreros, que en Asturias supera en corrupción sistemática a la Cataluña pujolesca. Manda huevos que después de todo lo que dijo, Cascos se atreva a iniciar su retorno ahora que el PP de Asturias explota ante la aparición del volcán purulento de Aquagest, que implica a todo el partido, desde Mercedes Fernández, pillada en las conversaciones grabadas por la Policía al “conseguidor”, hasta el último mono.

ppasturiasEl PP al que conduce ahora Cascos a los náufragos que gimen por un mendrugo político desde su patética balsa, es un partido convertido en entramado corrupto, desde el que se coloca a los parientes y amigos de su presidenta y buena parte de sus dirigentes, se gestionan de la misma forma contratos y contratas en todos los ayuntamientos en los que gobiernan y en los que son oposición (asombroso el caso de Avilés), se coge el dinero en bolsas de plástico, se arreglan y decoran los domicilios particulares con las rentas del delito, de las que sale el pago de comilonas, viajes, y como estamos viendo, hasta las facturas de las casas de putas que visitaban el ex alcalde de Oviedo, Agustín Iglesias Caunedo y sus amigos, gracias a la tarjeta del “abrelatas” Joaquín Fernández.

Fuerza es reconocerlo ya de una vez por todas, puesto que el PP de Asturias sigue siendo la misma pocilga de siempre: Cascos dejó el Gobierno por lo mismo que ahora conduce de vuelta al muladar pepero a los indignos mendigos que aún siguen a su lado, que decían buscar una regeneración política, cuando lo que buscan es la forma de seguir remando y comiendo mientras reman. Y esto empezando por la gélida pepera a la que Cascos puso con toda la intención como presidenta vicaria de Foro. Vuelven al PP, al lupanar del que nunca debieron haber salido, en el momento en que éste estalla en mil pedazos.

Cascos dejó el gobierno que había conquistado con los engaños y la esperanza que dio a las buenas gentes de Asturias en las posibilidades de regeneración de su sistema político, en un momento de desesperación generalizada. Ahora ya no engaña a nadie. Desde que colocó a su marioneta Cristina Coto, a dedo, al frente del partido, nadie se cree ya sus milongas. Su ego le impide comprender que del amor de los asturianos ha pasado al odio, y que no se puede engañar día tras, día, mes tras mes, año tras año, a todo un pueblo, sin que ese odio adquiera proporciones trágicas, en el camino de la degradación de quien en otro momento fue persona querida de las multitudes.

“Una cosa es que te quieran y otra que te voten”, suele decir, citando al ex presidente Adolfo Suárez, sin darse de que a él en Asturias ya no le quiere nadie más que una alcaldesa fiel hasta la muerte -lo demás son empleados puros y duros de un patrón implacable-, y que son sus pecados y sólo sus pecados los que le han conducido por el camino del desprecio, ese sentimiento creciente entre aquellos a los que defraudó sin paliativos, que se ven utilizados, humillados y ofendidos, por quien nada buscaba que no tuviese que ver con la generosidad de un abundante condumio que él cree merecerse por derecho divino.

Cascos está obligado a presentar las cuentas de Foro, antes de que cierre su sociedad limitada partidaria, y como pretende, queme las facturas y los libros de cuentas, para entregar las llaves al PP que espera medroso, cubriendo con la buena nueva de la vuelta del hijo pródigo, el estallido de sus miserias generalizadas en un juzgado de Lugo. Podría verse como una paradoja, pero al final, tras el camino recorrido, son muchos miles, decenas de miles diría yo, los agraviados de Cascos que ven ahora en él una edición corregida y aumentado de todos los vicios, miserias, perversiones y dobleces de Areces y Gabino.

A pesar de la enorme traición de este sujeto, es bien cierto que la aventura mereció la pena, el duerno se rompió, y ya nada es lo mismo, pero desgraciadamente, como se demuestra ahora de forma definitiva, no hay más remedio que olvidarse de Foro, porque Foro es de Cascos y de nadie más, y por lo tanto apesta, ya que sólo él y alguno de sus empleados -que no dirigentes- conocen los secretos de la sala de calderas de lo que es ya un pecio sumergido, y el único objetivo de quienes un día creyeron en las posibilidades de Foro como herramienta de regeneración, es conocer las cuentas que nunca presentó en las comisiones directivas, que jamás vieron una factura, antes de que con esta nueva pirueta consiga borrar los rastros que explican la verdadera motivación de tanta felonía.

Anuncios

José Manuel Vaquero se jubila tras convertir La Nueva España en una antipática máquina recaudatoria

vaquero

Por Juan Vega

Cuando José Manuel Vaquero entró en La Nueva España como colaborador de aquel periódico de la Cadena de Medios de Comunicación Social del Estado, antigua Prensa del Movimiento, se las acabó arreglando para que la cúpula entonces encabezada por Luis Alberto Cepeda, periodista de raza y buena persona donde las hubiera, le dejase hacer unas columnillas de última página, en las que el joven periodista de Bueño se encargaba de conectar aquel diario que había sobrevivido al régimen de Francisco Franco, con la realidad que se escondía detrás de las transformaciones políticas de España y Asturias en tiempos de la Transición.

Vaquero, como buena parte de los periodistas de la época, colaboraba también en otras iniciativas, como el Asturias Semanal de Graciano García, donde entrevistó a buena parte de los personajes emergentes, y de paso hacía equilibrios de supervivencia, muy necesarios para el aprendizaje ante el futuro que se le venía encima. Ése salto que se produjo entre la España de Franco y la de Felipe González, con la Transición de Adolfo Suárez como gozne, se encarna en Vaquero como ágil atleta saltador, que encontró en La Nueva España su pértiga.

Difícil mundo aquel de La Nueva España que llegó a manos de Cepeda tras pasar por la dirección de Juan Ramón Pérez-Las Clotas, quien le entregó abruptamente -por un cese fulminante- el testigo de Francisco Arias de Velasco, fundador del periódico que tiró su primer número el 19 de diciembre de 1936, como combativo instrumento de propaganda falangista durante el cerco de Oviedo, instalado en la sede del paralizado Avance, diario del SOMA-UGT que se trasladó a Gijón.

Cepeda dentro de su discreción, contaba cosas interesantes y curiosas. Como por ejemplo que la Primera llegaba encriptada de Madrid a diario, y Luis Alberto, como buen equilibrista de un tiempo agitado y confuso, necesitaba una conexión con lo que venía. Como el de Bueño no despertaba envidias, pues ni era especialmente brillante ni hacía alardes de estilo, ya que nuca se le dio especialmente bien el arte de escribir, todo parecía ir razonablemente bien, dentro de la enorme tensión propia de las redacciones de la época.

Vaquero, que también ocupó la corresponsalía de El País -detalle no menor-, inauguraría después, con su paso a las funciones empresariales, la nueva generación de periodistas ágrafos que explican muchas cosas, con su escaso apego a la principal razón de ser de la profesión, que es, sin duda alguna, el arte de la pluma, que tan bien conservaron raras especies como Faustino F. Álvarez o Francisco Carantoña, uno en Oviedo y en Gijón el otro.

El después todopoderoso director primero y editor después de La Nueva España, escribía entonces, con su firma, una columnilla en el diario dirigido por Cepeda, en la que daba a conocer a la sociedad asturiana los personajes cuyo hálito se percibía tras del espejo del Régimen. Masones, comunistas, socialistas, exiliados de todo pelaje, aparecían en las columnas de quien establecía así los contactos con un mundo con el que los dinosaurios de La Nueva España falangista no podían exhibir relación oficial. La información sobre lo que venía, se daba en un pequeño rincón.

A finales de 1983 Felipe González, que llevaba escasamente un año como presidente del Gobierno, dio los últimos pasos en su decisión de privatizar los diarios de la Cadena de Medios de Comunicación del Estado, y en diciembre de aquel mismo año se anunciaron las primeras subasta de veintidós diarios del grupo, entre ellos La Nueva España, que se salió a la venta el 21 de febrero de 1984.

Vaquero, en una extraordinaria pirueta personal que requiere un estudio muy serio por su papel y el de su buen amigo y colaborador Pedro de Silva, con su Gobierno, en aquella subasta, se hizo con el control de uno de los periódicos del Grupo, que cayeron en manos de Javier Moll de Miguel, casado con Arantxa Sarasola, hermana de Enrique, gran amigo y colaborador del presidente González, detalle no menor si se tiene en cuenta que Moll pasó de la nada al todo, con uno de los mayores grupos de prensa de un país, en el que González también pasó de abogado laboralista de la pana rayada a entrar en el gremio de los plutócratas. “España y yo somos así”.

En Asturias, lo que había sido el periódico del régimen de Franco, que se hizo en el inicio de la Guerra Civil con los talleres del Avance del SOMA-UGT, se convirtió en el diario de un extraño régimen de poder político-periodístico que podría llegar a definirse como vaqueril, pues el de Bueño se hizo un espacio a medida, en el que sería muy difícil distinguir el negocio de la política de la política del negocio. Asturias siempre fue diferente, y su régimen de poder a lo largo de estos años es un enredo difícilmente explicable para quien venga de fuera, pues entre los líderes del PSOE, el PP, La Nueva España, Cajastur y poco más, montaron un chiringuito de espectaculares dimensiones y endogámica discreción asegurada.

El periodismo empezó a brillar por su ausencia en el régimen vaqueril. Se eliminaron las columnas de opinión en páginas destacadas del periódico, reservando la segunda página para columnistas de agencia con excepciones muy controladas de plantilla. Se habilitó una sección de firmas en la que ya no queda casi nadie, y el periódico se convirtió poco a poco en una mortífera herramienta al servicio de los grandes chanchullos que destrozaron el Principado en tiempos de la burbuja y en una obsesiva y demoledora máquina de odiar, que dividió el mundo en buenos -los que me pagan- y malos -los que no me pagan- con una rotundidad maniquea digna de la más infantil de las tiranías bananeras.

Ahora, por fin, el consejo de administración de Editorial Prensa Ibérica (EPI) ha nombrado consejero delegado del grupo a uno de los hijos de Javier y Arantxa, Aitor Moll Sarasola, que de acuerdo con la lógica de los grupos familiares se encarama al puesto que venía ocupando Vaquero, que se va a quedar colgado de la brocha. La pesadilla en que Vaquero se ha convertido para una buena parte de Asturias, podría remitir, como un mal sueño, con la retirada de su principal responsable.

Pero el mal está hecho. Moll Sarasola, nuevo consejero delegado de Editorial Prensa Ibérica se encuentra con un periódico destrozado por el sectarismo, cuyas prácticas sicilianas dejan infinitos recelos en la sociedad asturiana, en el que algunos personajes, fieles seguidores del regimen vaqueril, como Alberto Menéndez, Eduardo Lagar o Álvaro Faes, acostumbrados a tomar la ametralladora a diario y disparar sobre quien les venía indicando el editor, les va a dejar un extraño mono sin rendir tributo a su sanguinaria inercia. La existencia de una directora como Ángeles Rivero al frente del diario, parece no haber servido para otra cosa que para fabricarle a su marido una pintoresca vitola de lector indomable de solapas. Tiene poca masa crítica entre la que escoger, Moll Sarasola, para devolverle a La Nueva España el esplendor perdido y limpiar la enorme capa de caspa que deja el régimen vaqueril.